Cuando buscamos a Dios la lectura se convierte en compañía y encuentro, pues es Dios el que nos lee a nosotros. En este blog podemos encontrar esas palabras que nacen en los momentos de lectura silenciosa, a veces convertidas en imágenes que expresan mucho mejor que las palabras, lo que entendemos en el corazón.
sábado, 9 de enero de 2016
Vender todo
sábado, 2 de enero de 2016
Carta de Ángel Sanz, cmf a Benedicta Daiber
"A los ocho o
diez años era yo una atea consumada"
Querida Mª. Benedicta:
La historia de tu padre me desconcierta.
Instalado en su profesión de médico, da la impresión de querer ir tocándolo
todo, como los niños cuando se acercan a
un escaparate. Creyente (luterano) hasta los treinta años, pierde la fe y se
confiesa decididamente ateo; entra en la masonería y, después de once años, no
sólo la abandona, sino que divulga sus experiencias en el opúsculo Masón
durante once años, lo que, inevitablemente, va a crearle problemas; se apunta a
la teoría de la generación espontánea, pero un día reconoce que es preciso
admitir la existencia de un Ser superior para explicar el origen de la vida:
"¡la teoría de la generación espontánea es falsa!", sentencia. Niega
compulsivamente a Dios, pero después de cuarenta años de ateísmo, dice al párroco
de Puerto Octay, en Chile (donde ejerce la medicina): "Quiero morir
católico; Padre, por favor, bautíceme". Incluso trabaja con empeño para
que su mujer, la persona a quien más quiere, y que es panteísta, dé también el
paso hacia el catolicismo, como así ocurre efectivamente. Pero no adelantemos
acontecimientos.
Seguro que tú, Mª Benedicta, conoces como
nadie la razón de esta peripecia existencial de tu buen padre. ¿Era un hombre
curioso, inquieto, pruebalotodo? ¿O más bien un asiduo buscador de la verdad?
Vas a decirme que una pregunta así no se puede responder con un monosílabo. Lo
entiendo, lo entiendo. A lo mejor la respuesta más clarificadora a esos puntos
de interrogación eres tú misma, el proceso de tu vida interior, la relación que
Dios va tejiendo misteriosamente contigo.
Si consulto los archivos, confirmo que tu
padre, Alberto Daiber, era un gran profesional; tu madre, Hildegarda Heyne,
profesora graduada en Basilea (Suiza), y tú, 'chilena', aunque nacida
casualmente en Stuttgart (1904), donde residía entonces tu abuela materna. El
influjo que desde muy niña recibes de tus padres es demasiado patente. La
novela de tu madre Qué es la verdad, escrita con convicción profunda y estilo
admirable, lleno de poesía, cuando esperaba tu nacimiento, "fue para mí,
durante largos años, la piedra de escándalo que me alejaba de la Iglesia Católica ".
Por otra parte, "mi padre repetía continuamente en mi presencia: 'No hay
Dios’, y como yo admiraba el talento de mi padre, aceptaba sin discusión esta afirmación
monstruosa". ¿Consecuencia? "A los ocho o diez años era yo una atea
consumada". Pero no quedas a gusto sin añadir que los sentimientos
elevados de tu madre y la rectitud de tu padre ejercieron en tu alma desde muy
temprano su saludable influencia: "Mi hogar hubiera sido un hogar modelo
si en él hubiera reinado la fe".
¿Y qué ocurre luego? Cuentas cómo un
domingo de 1913, en el pueblecito de Puerto Octay, a orillas del lago
Llanquihue, donde os habéis establecido definitivamente, al toque de las
campanas, te incorporas en la cama, juntas las manos e invocas por tres veces a
la Madre de
Dios: "María, María, María". Y te sientes penetrada por la inefable
suavidad de ese nombre. La cosa tiene su explicación. Días antes, una niña te
ha preguntado en el colegio: -"¿Pero tú, eres católica o
protestante?". ¡Menudo apuro!: -"No sé; voy a preguntárselo a mi
mamá". -"Bueno, di que eres protestante", te responde su madre.
Fue entonces cuando aprendiste que los
católicos 'adoran' a la Madre
de Jesús (lo que no es cierto: "la veneramos, no la adoramos") y la
creen Madre de Dios (lo que sí es verdad). "Pero jamás me parece la
hubiera invocado, ya que en nada creía, si el Señor con su gracia no me hubiera
impulsado a ello tan dulce y fuertemente".
El hecho es que, desde entonces, María
comenzó a ser para ti un ser entrañable y que sus fiestas de la Inmaculada , primero, y
de la Asunción
y la Presentación ,
después, entraban a figurar, bien destacadas, en tu calendario particular y te
empujaban a tener una relación muy personal con ella. Tu madre te enseña una
historia de la Iglesia
hábilmente sesgada, tu padre -a quien seguías viendo como el oráculo- te decía:
"Los sacerdotes son unos hipócritas que explotan al pueblo y no creen lo
que enseñan". ¿Es cierto que a tus
quince años odiabas a Cristo y se lo decías así a él mismo ante un cuadro del
Corazón de Jesús? Sí, es cierto; lo confiesas tú misma y relatas cómo escuchas entonces en el fondo de
tu alma estas palabras que él te dirige: "Y yo te venceré". La verdad
es que te entran unos deseos irrefrenables de conocer la religión católica.
Cuando una compañera te lleva a la misa de Pascua, sientes en ti misma una
verdadera resurrección; sin embargo, aún te diriges a María con estas palabras:
"Yo no creo en Dios, pero tú eres mi Madre".

¡Qué extraño itinerario! Quieres hablar con
un sacerdote y le pides que te demuestre la existencia de Dios, para luego
refutar sus argumentos (aunque algunos te resultan irrefutables). Pero tu
futura madrina sigue otro camino, te enseña oraciones como el Padrenuestro, el
Ave María, la Salve ,
el Acordaos, y eso sí, eso te llega, te empuja a rezar. El sacerdote también te
enseña, sin sospecharlo, que él es
verdaderamente creyente y virtuoso (contra el prejuicio de tu padre). El paso
siguiente tiene un interés muy especial: Un profesor del Seminario te convence,
y es entonces cuando confiesas tu esquizofrenia interior: "Estoy
convencida, pero no creo". ¿Y ahora? "La fe es un don", te
indica el sacerdote, "pídelo, reza". Y lo haces: "Dios mío, si
existes, dame la fe". Quién iba a decirte que en el Congreso Eucarístico
Nacional, cuando tu madrina te lleva a la procesión preparatoria con el
Santísimo, ves la forma por primera vez y... "en aquel instante, creí en Dios".
Parece el punto final, porque tienes fe y
quieres hacerte católica. Pero, quién lo iba a decir, la fe te resulta incómoda
y prefieres perderla... Es una lucha de meses, en los cuales no dejas tus horas
de adoración a los pies de la Eucaristía. Tus padres no ceden, pero a tus 19
años, el 8 de septiembre de 1923 recibes el bautismo 'sub conditione' y al día
siguiente la primera comunión. Sólo "el día del Dulce Nombre de María,
experimenté en toda su extensión la dicha inmensa de ser católica, y ese
sentimiento duró semanas y meses". La segunda mitad de tu historia está
marcada por una creciente unión con María dentro del Movimiento Apostólico de
Schoenstatt. Nada extraño que la Asociación Amigos de María Benedicta Daiber esté
comprometida en tu proceso de beatificación)
¿Faltaba algo? Sí, claro, la conversión de
tus padres. Tu madre llegaba a creer en Dios, no en los dogmas; tu padre se
permitió en un Viernes Santo tales blasfemias que te levantaste de la mesa y te
retiraste a tu cuarto a llorar. Aún no sabía él que fueras católica. Lo que
sigue es emocionante: la conversión, el bautismo y la muerte de tus padres. Me
encantaría recordarlo contigo, pero eso supera ya los límites de esta carta.
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