miércoles, 24 de febrero de 2016

Tu silencio interno


No te defiendas. Cuando tratas de defenderte estas dando demasiada importancia a las palabras de los otros y das más fuerza a sus opiniones. Si aceptas el no defenderte estás mostrando que las opiniones de los demás no te afectan, que “escuchas”. Que son simplemente opiniones y que no tienes que convencer a los otros para ser feliz.

Tu silencio interno te vuelve sereno. Practica el arte de no hablar. Progresivamente desarrollarás el arte de hablar sin hablar y tu verdadera naturaleza interna reemplazará tu personalidad artificial dejando brotar la luz de tu corazón y el poder de la sabiduría el “noble silencio”.

Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo. No trates de forzar, manipular y controlar a los otros. Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son o lo que tienen capacidad de ser.

Instálate en el silencio y la armonía de todo el universo.

Thich Nhat Hanh


sábado, 9 de enero de 2016

Nazaret TV - Hablando de ... María Benedicta Daiber

Nazaret TV - Hablando de ... María Benedicta Daiber

Vender todo

Hemos sido creados para crecer y para menguar.Para crecer porque estamos llamados a aceptar realmente esta creación; para menguar con vistas a desplazar lentamente nuestros tesoros terrenos a los tesoros eternos del cielo, y ello hasta que aquí, en la tierra, no tengamos más que aquello que depositaremos en las manos de Dios en nuestro instante postrero. Esta perspectiva tiene que estar siempre existencialmente presente. En la oración contemplativa tenemos que desprendernos de nuestros pensamientos, de nuestras aversiones y afectos y de nuestro hacer. Al fin de la vida tendremos que entregarlo todo y entrar en la eternidad solo con los tesoros del cielo. Esta perspectiva tiene que estar siempre presente ante nosotros. No tenemos una patria permanente aquí, en la tierra. (Franz Jalics): "Jesús, maestro de meditación, PPC)

sábado, 2 de enero de 2016

Carta de Ángel Sanz, cmf a Benedicta Daiber

"A los ocho o diez años era yo una atea consumada"

Querida  Mª. Benedicta:

    La historia de tu padre me desconcierta. Instalado en su profesión de médico, da la impresión de querer ir tocándolo todo, como los niños cuando se acercan  a un escaparate. Creyente (luterano) hasta los treinta años, pierde la fe y se confiesa decididamente ateo; entra en la masonería y, después de once años, no sólo la abandona, sino que divulga sus experiencias en el opúsculo Masón durante once años, lo que, inevitablemente, va a crearle problemas; se apunta a la teoría de la generación espontánea, pero un día reconoce que es preciso admitir la existencia de un Ser superior para explicar el origen de la vida: "¡la teoría de la generación espontánea es falsa!", sentencia. Niega compulsivamente a Dios, pero después de cuarenta años de ateísmo, dice al párroco de Puerto Octay, en Chile (donde ejerce la medicina): "Quiero morir católico; Padre, por favor, bautíceme". Incluso trabaja con empeño para que su mujer, la persona a quien más quiere, y que es panteísta, dé también el paso hacia el catolicismo, como así ocurre efectivamente. Pero no adelantemos acontecimientos.

    Seguro que tú, Mª Benedicta, conoces como nadie la razón de esta peripecia existencial de tu buen padre. ¿Era un hombre curioso, inquieto, pruebalotodo? ¿O más bien un asiduo buscador de la verdad? Vas a decirme que una pregunta así no se puede responder con un monosílabo. Lo entiendo, lo entiendo. A lo mejor la respuesta más clarificadora a esos puntos de interrogación eres tú misma, el proceso de tu vida interior, la relación que Dios va tejiendo misteriosamente contigo.

    Si consulto los archivos, confirmo que tu padre, Alberto Daiber, era un gran profesional; tu madre, Hildegarda Heyne, profesora graduada en Basilea (Suiza), y tú, 'chilena', aunque nacida casualmente en Stuttgart (1904), donde residía entonces tu abuela materna. El influjo que desde muy niña recibes de tus padres es demasiado patente. La novela de tu madre Qué es la verdad, escrita con convicción profunda y estilo admirable, lleno de poesía, cuando esperaba tu nacimiento, "fue para mí, durante largos años, la piedra de escándalo que me alejaba de la Iglesia Católica". Por otra parte, "mi padre repetía continuamente en mi presencia: 'No hay Dios’, y como yo admiraba el talento de mi padre, aceptaba sin discusión esta afirmación monstruosa". ¿Consecuencia? "A los ocho o diez años era yo una atea consumada". Pero no quedas a gusto sin añadir que los sentimientos elevados de tu madre y la rectitud de tu padre ejercieron en tu alma desde muy temprano su saludable influencia: "Mi hogar hubiera sido un hogar modelo si en él hubiera reinado la fe".

    ¿Y qué ocurre luego? Cuentas cómo un domingo de 1913, en el pueblecito de Puerto Octay, a orillas del lago Llanquihue, donde os habéis establecido definitivamente, al toque de las campanas, te incorporas en la cama, juntas las manos e invocas por tres veces a la Madre de Dios: "María, María, María". Y te sientes penetrada por la inefable suavidad de ese nombre. La cosa tiene su explicación. Días antes, una niña te ha preguntado en el colegio: -"¿Pero tú, eres católica o protestante?". ¡Menudo apuro!: -"No sé; voy a preguntárselo a mi mamá". -"Bueno, di que eres protestante", te responde su madre.

    Fue entonces cuando aprendiste que los católicos 'adoran' a la Madre de Jesús (lo que no es cierto: "la veneramos, no la adoramos") y la creen Madre de Dios (lo que sí es verdad). "Pero jamás me parece la hubiera invocado, ya que en nada creía, si el Señor con su gracia no me hubiera impulsado a ello tan dulce y fuertemente".

    El hecho es que, desde entonces, María comenzó a ser para ti un ser entrañable y que sus fiestas de la Inmaculada, primero, y de la Asunción y la Presentación, después, entraban a figurar, bien destacadas, en tu calendario particular y te empujaban a tener una relación muy personal con ella. Tu madre te enseña una historia de la Iglesia hábilmente sesgada, tu padre -a quien seguías viendo como el oráculo- te decía: "Los sacerdotes son unos hipócritas que explotan al pueblo y no creen lo que enseñan".  ¿Es cierto que a tus quince años odiabas a Cristo y se lo decías así a él mismo ante un cuadro del Corazón de Jesús? Sí, es cierto; lo confiesas tú misma y  relatas cómo escuchas entonces en el fondo de tu alma estas palabras que él te dirige: "Y yo te venceré". La verdad es que te entran unos deseos irrefrenables de conocer la religión católica. Cuando una compañera te lleva a la misa de Pascua, sientes en ti misma una verdadera resurrección; sin embargo, aún te diriges a María con estas palabras: "Yo no creo en Dios, pero tú eres mi Madre".


    ¡Qué extraño itinerario! Quieres hablar con un sacerdote y le pides que te demuestre la existencia de Dios, para luego refutar sus argumentos (aunque algunos te resultan irrefutables). Pero tu futura madrina sigue otro camino, te enseña oraciones como el Padrenuestro, el Ave María, la Salve, el Acordaos, y eso sí, eso te llega, te empuja a rezar. El sacerdote también te enseña, sin  sospecharlo, que él es verdaderamente creyente y virtuoso (contra el prejuicio de tu padre). El paso siguiente tiene un interés muy especial: Un profesor del Seminario te convence, y es entonces cuando confiesas tu esquizofrenia interior: "Estoy convencida, pero no creo". ¿Y ahora? "La fe es un don", te indica el sacerdote, "pídelo, reza". Y lo haces: "Dios mío, si existes, dame la fe". Quién iba a decirte que en el Congreso Eucarístico Nacional, cuando tu madrina te lleva a la procesión preparatoria con el Santísimo, ves la forma por primera vez y... "en aquel instante, creí en Dios".

    Parece el punto final, porque tienes fe y quieres hacerte católica. Pero, quién lo iba a decir, la fe te resulta incómoda y prefieres perderla... Es una lucha de meses, en los cuales no dejas tus horas de adoración a los pies de la Eucaristía. Tus padres no ceden, pero a tus 19 años, el 8 de septiembre de 1923 recibes el bautismo 'sub conditione' y al día siguiente la primera comunión. Sólo "el día del Dulce Nombre de María, experimenté en toda su extensión la dicha inmensa de ser católica, y ese sentimiento duró semanas y meses". La segunda mitad de tu historia está marcada por una creciente unión con María dentro del Movimiento Apostólico de Schoenstatt. Nada extraño que la Asociación Amigos de María Benedicta Daiber esté comprometida en tu proceso de beatificación)


    ¿Faltaba algo? Sí, claro, la conversión de tus padres. Tu madre llegaba a creer en Dios, no en los dogmas; tu padre se permitió en un Viernes Santo tales blasfemias que te levantaste de la mesa y te retiraste a tu cuarto a llorar. Aún no sabía él que fueras católica. Lo que sigue es emocionante: la conversión, el bautismo y la muerte de tus padres. Me encantaría recordarlo contigo, pero eso supera ya los límites de esta carta.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Dios proteje


… “Al ver más claro que tu vocación es la de ser testigo del amor de Dios al mundo, y al crecer tu determinación de vivir esta vocación, aumentarán los asaltos del enemigo. Oirás voces que te dirán: «No eres digno, no tienes nada que ofrecer, no tienes atractivo, no suscitas ni deseo ni amor». Cuanto más sientas la llamada de Dios, más descubrirás en tu propia alma la batalla cósmica entre Dios y Satán. No tengas miedo. Continúa profundizando en la convicción de que el amor de Dios te basta, que estás en manos seguras, y que eres guiado en cada paso de tu camino. No te dejes sorprender por los asaltos del demonio. Aumentarán pero, si los enfrentas sin miedo, descubrirás que son impotentes.

Lo que importa es aferrarse al verdadero, constante e inequívoco amor de Jesús. Cada vez que dudes de este amor, vuelve a tu morada interior y escucha allí la voz del amor. Solamente cuando sabes en tu ser más profundo que eres íntimamente amado, puedes afrontar las oscuras voces del enemigo sin ser seducido por ellas.
El amor de Jesús te dará una visión cada vez más clara de tu vocación, así como de las muchas tentativas de arrancarte de aquella llamada. Cuanto más sientas la llamada a hablar del amor de Dios, más necesidad tendrás de profundizar en el conocimiento de este amor en tu mismo corazón. Cuanto más lejos te lleve el camino exterior, más profundo debe ser tu camino interior. Sólo cuando tus raíces sean profundas, tus frutos podrán ser abundantes, pero tú puedes afrontar sin miedo al enemigo cuando te sabes seguro del amor de Jesús”…
H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1981.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Evitar a la gente tóxica (libro Gente tóxica, de Bernarno Stamateas)

Sus contestaciones filosas y agudas nos sorprenden, nos dejan mudos "sin palabras". Establecer una comunicación con este tipo de gente nos deparar´`a tener que controlar nuestro más bajos instintos.

Protagonizamos continuos intercambios verbales que nos llevan a pensar qué es lo que debemos decir y cómo y qué debemos hacer y qué no, para evitar despertar al "monstruo": la violencia del otro.

Digas lo que digas, por más que propongas una "idea de oro", esta persona te dirá "no".

Características del violento verbal: 

Es mordaz, intimidante, ofensivo: sin importarle cuál sea el tema del que esté hablando, su objetivo será despertar el miedo y el temor en los otros, asegurándose así poder y autoridad. Su propia inseguridad es la que le impide establecer vínculos sanos y relaciones interpersonales prósperas.

Es sarcástico e iracundo, despliega la artillería más pesada que tiene en su discurso y, cuando lo hace, tu piensas: ¿Todo esto estaba dentro de esta mujer? Ejercerá su poder a partir de:
los gritos,
la incontinencia verbal
los malos tratos
la desvalorización continua de sus semejantes
Tendrá como objetivo hacerte sentir "poca cosa", incapaz,débil e inseguro. Tú no has hecho nada. Hagas o no hagas, siempre encontrará motivos para discutir y crear conflictos.

Es iracundo, agresivo, manipulador, ambivalente, inestable, sarcástico. Todo lo que diga, hasta una adulación, la hará en tono irónico. En un determinado momento podrá decirte que eres la mejor persona y la única con quien puede contar, y a renglón seguido tratarte de inservible e incapaz. Y así, un día lo amas y al otro no lo entiendes.

Quienes padecen estas circunstancias sólo se concentran en deducir qué es lo que se debe decir y qué es lo que se debe callar. Su violencia hará que quieras encerrarte en ti mismo, y así es como nos preocupamos más por el tono de voz con el que se nos habla que por el trabajo, y en medio de un clima así es habitual estar a la defensiva o responder con violencia.

Claves para tratar con un violento verbal:

Ten en cuenta que siempre estará a la defensiva de cualquier gesto o palabra con los que te atrevas a responderle.
Sabe que no es querida ni aceptada; es por ello que tratará de demostrar su enojo y su resentimiento llamando tu atención con ira, maltrato y violencia verbal, o incluso física.
Mantente alerta:intentará hacerte parte de la discusión; usará ciento y una estrategias para desbordar tu nivel de paciencia. El iracundo esperará la ira como  respuesta.
No te sorprendas: tendrá su visión personal de los hechos, y, ante cualquier cuestionamiento, te dirán: "A mi nadie me dice lo que tengo que hacer, yo tengo mi visión".

Evitar el conflicto debe ser nuestra meta. Poder relacionarnos de la mejor forma posible, de manera que no nos afecte su trato y podaos optimizar el trabajo o tiempo en el que tenemos que estar juntos.
Lograr que el agresivo quede libre de su ira y pueda así discernir su dificultar, sus conductas.
Es prudente ser razonable y pensar antes de emitir algún vocablo.

Palabras que nos vendrán bien para su trato:

  • ¡Hola!
  • Gracias
  • Por favor
  • Vamos por más
  • Todo lo que hagas te saldrá bien
  • Tú puedes
  • Eres capaz
  • ¡Adelante!
  • Confio en ti
  • Sé que puedes hacerlo.
  • Cuando te agreden, contesta algo incoherente y no des valor a la agresión."algún refrán". No permitas que nadie ni nada te ofenda. El violento debe comprobar que tú te respetas, y que bajo ninguna circunstancia permitirás ni el abuso ni el maltrato.
          • Si te ofendes, te alejas de tu objetivo.
          • Si te concentras en las emociones y en los demás, perderás de vista tu meta. Tu vista no debe apartarse de tu sueño.
  • Sé indiferente
  • Date tiempo
  • Controla las acciones para crear nuevas emociones.

Hay que agradecer a los agresores porque nos enseñan con quién no debemos juntarnos.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Desde que nacemos hasta que morimos, la vida nos obliga a soltar. Tenemos que soltar el vientre de nuestra madre, soltamos el biberón, soltamos los pañales, soltamos los amigos del colegio, la casa paterna, la ciudad donde nacimos, seres queridos que parten, empleos, ... hasta que soltamos también el cuerpo cuando morimos. Sin embargo, parece que no aprendemos a soltar. Estamos tan empeñados en que eso que sucedió vuelva, que dejamos pasar las oportunidades para aprender. Y no llegamos a aceptar nunca que lo que pasó simplemente tenía que ser así.
La vida nos quita las cosas por tres razones: O ya no nos sirve. O no estábamos amando eso que teníamos. O esa persona ya cumplió su misión en tu vida. En el primer caso, no hay nada que hacer, es inútil, ¿acaso puedes regresar al vientre de tu madre? En el segundo, podemos recrear el amor perdido, pero ¿para qué lo queremos de regreso si ya no nos hacía felices? ¿te vale la pena? En el tercer caso, si alguien partió a un segundo o tercer plano de tu vida, dale las gracias por lo que te dio, pero no insistas, ¿de qué te sirve retener a quien ya no quiere ser parte de tu vida?
Alguien que solo piensa en sí, que solo te da las migajas de su tiempo, que no te muestra empatía, que se deja llevar por comentarios negativos sobre ti, que nunca interpreta bien tus palabras o acciones, que en público jamás te reconoce como importante para sí, que te pone muchas excusas para no quedar contigo, que en cambio ves que tiene tiempo para otras personas, etc. No te engañes, a esa persona no le importas, abre los ojos, no te quiere aunque te lo diga. Déjale ir. No insistas. No te minusvalores. No te rebajes. Mantén tu autoestima.
El menosprecio y la indiferencia son los signos más claros de que ha llegado el momento de soltar. Porque con esa actitud nunca resucitará un amor perdido. Cuidado porque se gestan a partir de conflictos sin resolver que quedan en la memoria.
Para que lo nuevo llegue a tu vida, debes hacerle espacio en tu corazón. Mientras vivas anclado en un recuerdo, o en un pasado, tu mente está centrada en recuperar lo perdido y no tendrá espacio para la novedad. Entrénate para dejar ir todo aquello que temes perder.


 (Xisquia Valladares)